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miércoles, 18 de enero de 2017

Una limosna egoista

Habiendo terminado los trámites que debía hacer en el centro de Santiago dirigí mis pasos a la Iglesia de San Agustín, ubicada en el Paseo Estado esquina de Agustinas. Me gusta esta iglesia, la segunda iglesia más antigua de la capital, pues a diferencia de tantas otras, siempre la he encontrado con sus puertas abiertas al público y es un lugar que entrega paz y silencio en el ruidoso mundo del centro de Santiago. A la salida, un anciano, arropado con una manta sobre sus piernas, esperaba sin pedir, una limosna. Al acercarme puse suavemente entre sus manos algo más que unas monedas. El anciano levantó la vista, con sus manos tomó la mía y con trémula y agradecida voz no cesaba de darme las gracias y desearme una y otra vez, miles de bendiciones. Continué mi camino pensando en lo que el anciano me había regalado. Me sentí egoísta. El me había regalado bendiciones. Yo a cambio le había dado sólo dinero... Fue muy generoso.
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2 comentarios:

Oriana dijo...

No acostumbro dar limosna porque pienso que
en realidad no es de mucha ayuda y no sé si es real
o un engaño.

Juan dijo...

Creo que una limosna se da cuando se tiene el deseo de ayudar a otro,
sin cuestionarse si es un fraude.